El día 25 de agosto se cumplen 30 años desde el fallecimiento de una de las grandes personalidades políticas de Euskadi como fue Juan de Ajuriaguerra. Con tal motivo se ha publicado un libro coordinado por Iñaki Anasagasti que recoge una serie de recordatorios de varias personalidades. Me envió Iñaki amablemente un ejemplar que he hojeado con gusto y que me ha sugerido una serie de reflexiones que quiero trasladar a través de estas líneas. La primera de todas ellas es la del respeto que la figura de Ajuriaguerra despertó en su día y aún sigue despertando en muchísimas personas independientemente de su adscripción ideológica. Quizá la mejor manera de simbolizar ese respeto –en algún caso casi reverencial- es el tratamiento de “Don” con el que se refieren a él casi todos los que le conocieron. Incluso sus amigos, personas de su generación y que compartieron con él alegrías y sin sabores, en su corazón le recuerdan como “Juanito” pero invariablemente se refieren a él como “Don Juan” en lo público.
En segundo lugar, como muchas otras grandísimas personalidades de nuestra historia, hay episodios de su vida que son controvertidos. Quizá el más significativo fue la firma con los fascistas italianos del llamado “Pacto de Santoña”. Se trata de un asunto al que no voy a referirme puesto que su gestación es enormemente contradictoria y no he obtenido datos suficientes como para hacerme cabal composición de las motivaciones que llevaron a Juan Ajuriaguerra a semejante acuerdo. Pero, al igual que ocurre con las vidas de las grandes personalidades como antes decía, su entrega voluntaria cuando ya se encontraba fuera de peligro y la dignidad con la que pasó su tiempo de prisión, acrecientan su figura y para los suyos suponen cierto halo de heroicidad que es la causa del respeto, de la idealización y, porque no decirlo, de la “auctoritas” que le acompañó hasta su muerte en el seno del PNV.
Sin embargo, lo que más poderosamente me ha llamado la atención en los testimonios que he leído, es su inquebrantable postura a favor de la democracia, del entendimiento entre diferentes y del reconocimiento de la pluralidad y de la diversidad vascas que defendió tras la muerte del dictador. Hubo otros dirigentes nacionalistas que en el pasado –y también hoy en el presente- han apostado por la acumulación de fuerzas nacionalistas, por la constitución de frentes en Euskadi y por la victoria de unos sobre otros. Las pasadas experiencias de Lizarra y la última votación en el Parlamento Vasco sumando el voto de “calidad” de EHAK, son sólo algunos ejemplos. Juan Ajuriaguerra tuvo siempre claras dos cosas, la imposibilidad de que el PNV acordase nada con quien no respeta la democracia, la paz, la vida y la libertad de sus conciudadanos y conciudadanas y, en segundo lugar, la necesidad imperiosa de entenderse con quienes no son nacionalistas para el desarrollo de nuestro Pueblo.
En efecto, el ejemplo de Txiberta es más que ilustrativo -no puede haber entendimiento y pacto con quienes amparan, justifican o contextualizan el terrorismo de ETA (de hecho Ajuriaguerra defendió en aquel momento el llamado Frente Autonómico, entre otros con el PSE-EE (PSOE), en las Elecciones Generales de 1977)- y, su disposición a colaborar con el Consejo General Vasco bajo la presente de su Lehendakari Ramón Rubial, frente a quienes defendían otras actitudes, es prueba de esa voluntad de entendimiento. Ojalá que el nacionalismo de hoy tenga presentes las enseñanzas y las ideas de una persona como Ajuriaguerra.
Y por último, el libro me ha suscitado una profunda duda sobre un momento histórico concreto que nos ha tocado vivir en Euskadi. Me refiero a la aprobación de la Constitución Española de 1978. Hace años leí un artículo del Lehendakari Garaikoetxea en el que afirmaba con rotundidad que Xabier Arzalluz había votado SI a la Constitución en la Comisión correspondiente del Congreso de los Diputados. Y según algunos de los testimonios recogidos en el libro, Ajuriaguerra, en sus momentos postreros, dejó firmadas dos cartas, una en la que defendía el SI a la Constitución en el Referéndum y otra en la que defendía la Abstención. Pero parece que los más cercanos dejan entrever que se inclinaba por votar SI a la Constitución. Su muerte fue el 25 de agosto de 1978 y el Referéndum fue el 6 de diciembre de ese mismo año. Nunca sabremos lo que hubiera pasado de vivir él y cual hubiera sido la posición definitiva del PNV en aquel trance histórico, pero yo me permito la licencia de creer que en aquella encrucijada otra hubiera sido la actitud, no se hubiera producido la triste descalificación posterior de algunas de nuestras Instituciones y, probablemente, en estos albores del siglo XXI estaríamos viviendo una Euskadi diferente.
Vaya mi recuerdo y mi respeto hacia la figura de Ajuriaguerra y como en otras ocasiones he defendido, hay personalidades que exceden de las siglas partidistas en las que militaron para convertirse en patrimonio común. Ajuriaguerra se suma así a una lista de nombres como Indalecio Prieto, José Antonio Aguirre, Tomás Meabe, Zugazagoitia, Irujo, Ramón Rubial o Leizaola, por poner solo algunos ejemplos.